El lado oculto de la auditoría médica, peligros o riesgos que casi nadie identifica

Cuando nos referimos a héroes de bata blanca, la representación es invariable: el cirujano que preserva vidas en el quirófano, la enfermera que se apura en la UCI o el médico de urgencias que pelea contra el tiempo. Sin embargo, existe otro profesional de la salud que, a pesar de no usar nunca un bisturí ni recetar medicamentos, toma decisiones capaces de modificar el futuro de un paciente y el rumbo de una institución. Me estoy refiriendo al auditor médico. Y, a pesar de las expectativas, su oficio está repleto de riesgos que nadie ve, mide y casi nadie previene.
A lo largo de años he seguido los altibajos del sistema de salud y siempre me asombra que la salud ocupacional, en el imaginario colectivo, se limite a los peligros físicos más claros. Sin embargo, el médico auditor, el que examina historias clínicas, valida atenciones, soluciona los roces y determina coberturas, lidia cada día con tormentas perfectas: presiones por productividad, disputas con prestadores de salud, amenazas de pacientes o sus familiares. Todo eso, además, con los ojos secos, las piernas entumecidas después de aproximadamente ocho horas frente a un monitor y la espalda resentida.
Los datos son poco favorables.
Según la Organización Mundial de la Salud, el 17 % al 32 % de los trabajadores sanitarios en naciones desarrolladas padecen del síndrome de burnout. A pesar de que hay pocos datos concretos para los auditores, todos aquellos que han realizado una auditoría concurrente en una unidad de cuidados intensivos saben que existe un riesgo biológico: covid-19, tuberculosis o hepatitis. ¿O quién podría pensar que los expedientes clínicos no contienen secreciones o gotas de sangre? Y no mencionemos la violencia: el 63 % de los trabajadores sanitarios ha padecido algún tipo de ataque. ¿Alguien piensa que un auditor que niega una cobertura no está expuesto a la ira de un pariente, su familia, del médico o el centro de salud?
Sin embargo, lo más preocupante no es que estos riesgos existan, sino que el sistema los pase por alto. Las entidades de salud destinan millones para proteger a sus pacientes de infecciones, caídas o fallos en la medicación. Sin embargo, apenas dedican poco tiempo a la formación en ciberseguridad, a la salud mental o a la ergonomía de sus auditores. Y eso es un gran error, ya que un auditor cansado, estresado o mal preparado no solamente pone en peligro su salud individual, sino también la calidad de la auditoría y, por ende, la seguridad del paciente. No se puede cuidar a nadie de manera efectiva si el cuidador está en el suelo, como dice el refrán.
La auditoría médica no es simplemente un procedimiento administrativo. Se trata de un proceso intelectual de alta intensidad que requiere rigor ético, comprensión del derecho y habilidad para analizar. Sin embargo, nuestros auditores son requeridos a tomar decisiones en segundos, con cierta frecuencia la información está incompleta y bajo la presión de reducir los costos, además de estar amenazados legalmente. ¿No requieren, en particular, apoyo psicológico, así como también sillas ergonómicas, protocolos de ciberseguridad y pausas activas?
Desde hace años, la Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo han enfatizado que es fundamental proteger a los trabajadores sanitarios, todas las personas involucradas, incluyendo aquellas que usan corbata en vez de bata, para optimizar el cuidado a los pacientes. No obstante, la teoría se enfrenta a la realidad de unas instituciones que continúan considerando la auditoría como un gasto en lugar de un pilar estratégico.
Proteger al médico auditor es proteger la coherencia del sistema. Es reconocer que la calidad de la atención no solo se encuentra en el lecho del enfermo, sino también en la mesa de análisis. Es comprender que un auditor saludable y confiable es aquel que toma decisiones más imparciales, justas y seguras para todos.
¿Quién está cuidando al experto encargado de asegurar la calidad del sistema?
No obstante, si no respondemos a esta pregunta con políticas específicas, programas preventivos y un reconocimiento real de los peligros que enfrenta este profesional, seguiremos edificando sistemas de salud sobre un pilar débil cuya propia seguridad sigue siendo, irónicamente, uno de los grandes temas pendientes.
Por lo tanto, la próxima vez que se discutan los riesgos laborales en el sector sanitario, no olvide incluir a esos profesionales silenciosos que, desde una UCI o una oficina, mantienen con sus veredictos gran parte del funcionamiento clínico. Porque su salud también es importante. Y su riesgo, aunque no sea visible, es tan real como el de cualquier cirujano. Solo que nadie les pone un foco. Ya es hora de prenderlo.


