La conciencia ética del médico auditor en el sistema de salud dominicano

En el debate público sobre salud, la auditoría médica suele asociarse a palabras incómodas: glosas, descuentos, retrasos, burocracia. En el imaginario colectivo, el médico auditor aparece como una especie de guardián entre el centro de salud, los médicos y las aseguradoras. Esta percepción, además de injusta, resulta peligrosa, pues reduce una función profundamente ética a un simple trámite administrativo.
La realidad es otra. El médico auditor es —o debería ser— la conciencia del sistema de salud, el garante silencioso que la medicina conserve su sentido más genuino que es la protección de la vida humana con dignidad y justicia. Auditar no es ejercer poder, sino asumir responsabilidad. Es el momento en que la medicina se detiene a mirarse al espejo y a preguntarse si existe coherencia entre lo que proclama y lo que realmente práctica.
En un contexto sanitario marcado por desigualdades, presiones económicas y procesos cada vez más complejos, la auditoría médica debería representar un espacio de reflexión ética. No se trata de oponerse a la clínica, sino de acompañarla, interpelarla y protegerla de sus propias desviaciones cuando la prisa, la costumbre o el interés económico amenazan con desplazar al paciente del centro de la atención.
En la República Dominicana, la calidad en salud se define a través de la Política Nacional de Calidad en Salud, a partir de cinco atributos esenciales: pertinencia, eficacia, continuidad, oportunidad y seguridad. Aunque suelen presentarse como categorías técnicas, estos atributos son, ante todo, valores humanos. La pertinencia implica actuar solo cuando es necesario, evitando tanto el exceso que daña como la omisión que abandona. La eficacia exige honestidad intelectual para hacer aquello que realmente beneficia al paciente. La continuidad impide que las personas se pierdan en los vacíos del sistema. La oportunidad recuerda que, en salud, la demora también hiere. Y la seguridad expresa la humildad de reconocer el error como posibilidad y la obligación ética de prevenirlo.
Proteger estos valores es, en esencia, proteger a las personas. Esa es la verdadera responsabilidad del médico auditor. Su labor no se limita a revisar expedientes o validar procedimientos, sino a custodiar la coherencia entre lo que el sistema promete y lo que efectivamente ofrece. Cada decisión de aprobación o rechazo tiene consecuencias reales sobre la vida de quienes, sin conocer su nombre, confían en su criterio.
Es comprensible que exista tensión entre auditores y médicos tratantes. La auditoría incomoda porque obliga a rendir cuentas, y toda rendición de cuentas cuestiona inercias y hábitos arraigados. Sin embargo, cuando se ejerce desde la evidencia científica, el diálogo respetuoso y la imparcialidad, deja de ser un ejercicio de poder para convertirse en una herramienta de mejora colectiva. Auditar con evidencia no es un acto de superioridad intelectual, sino de humildad y respeto hacia el paciente, la medicina y la comunidad profesional.
Un aspecto especialmente sensible de la auditoría es el tiempo. En salud, una decisión tardía puede ser tan dañina como una decisión incorrecta. Autorizaciones demoradas, procesos innecesariamente complejos o respuestas burocráticas afectan directamente la dignidad del paciente. El médico auditor participa, consciente o no, en esta gestión del tiempo, y por ello su responsabilidad trasciende más allá del escritorio. La oportunidad no es un lujo, es un derecho, que representa la justicia en el tiempo.
La seguridad del paciente constituye otro pilar insustituible. En un sistema donde el error es una posibilidad humana inevitable, la auditoría no debe perseguir culpables, sino identificar las causas. Al analizar los eventos adversos y las fallas del sistema no busca castigar, sino aprender y prevenir. Esta vigilancia ética es una de las formas más maduras de cuidado y una expresión profunda del compromiso con la vida.
Humanizar la auditoría médica no significa eliminar las normas, sino devolverles su sentido. Escuchar antes de glosar, comprender el contexto clínico antes de juzgar y privilegiar el diálogo por encima de la sanción fortalecen, y no debilitan, la autoridad del auditor. La imparcialidad, bien entendida, no es frialdad, es justicia en equilibrio.
En tiempos de presiones económicas reales, es legítimo hablar de eficiencia. Sin embargo, cuando el ahorro se convierte en el criterio dominante, la medicina corre el riesgo de traicionarse a sí misma. El médico auditor está llamado a recordar que los recursos son finitos, pero que la dignidad humana no es negociable.
Conviene, entonces, replantear el lugar que otorgamos a la auditoría médica en el discurso público. No como un obstáculo, sino como una conciencia necesaria del sistema de salud. No como un mecanismo de castigo, sino como una garantía ética que vela para que la atención sea pertinente, efectiva, continua, oportuna y segura.
Hago finalmente un llamado a la conciencia del médico auditor dominicano. Tu trabajo no es secundario ni invisible. Aunque no estés junto a la camilla, tus decisiones influyen silenciosamente en cada acto clínico. No audites desde el poder, sino desde la responsabilidad. Si es necesario glosa, no lo hagas desde la desconfianza, sino desde la ética. No protejas trámites, sino protege a las personas. Que cada auditoría que realices sea un acto de lucidez moral y un recordatorio que, detrás de cada dato, hay una vida que confía su fragilidad a tu juicio.



