
Por Alejandro Almánzar
Esta quedó establecida el 2 de diciembre, de 1823, por el presidente James Monroe y aún gravita explícita e implícitamente, imponiendo control político, económico y militar sobre Latinoamérica y otros países, o sea, lo que fue una declaración contra el colonialismo europeo, quedó convertida en el gran garrote para impedir la autodeterminación de los pueblos.
“América para los americanos”, nunca fue un acto solidario, sino un aviso de propiedad, porque para entonces, Los Estados Unidos carecía de poder para imponerse; pero la semilla quedó plantada, el hemisferio occidental sería su zona exclusiva de influencia y luego la guerra contra España en 1898 y el Corolario Roosevelt de 1904, dicha doctrina dejó de ser retórica pasando a la acción.
Con ocupaciones militares, imposición de regímenes y control de aduanas. La República Dominicana, Haití, Nicaragua, Panamá y Honduras fueron tutelados bajo argumento de orden y estabilidad. Lo que nació para frenar imperios europeos fue convertido en modelo para dominar a la región.
Durante la Guerra Fría, la excusa fue el anticomunismo, para impedir cualquier proyecto que escapara al molde de Washington, golpes de Estado, dictaduras militares, desapariciones y represión, todo en nombre de la seguridad hemisférica. Chile, Argentina, Brasil, Guatemala y El Salvador fueron la coartada perfecta hasta que se ajustaran a sus intereses estratégicos. Con la caída de la Unión Soviética, creímos que esta quedaría sepultada como gaje de la historia, pero no.
Estos pueblos quedaron sometidos entre deudas, privatizaciones, tratados asimétricos y dependencia financiera. Pero el mundo cambió, China emergió como potencia económica global, Rusia vuelve a proyectar poder y Latinoamérica diversifica sus relaciones, y es cuando vuelven a desempolvar el viejo dogma, “nadie más puede tener influencia real en nuestro hemisferio”.
China construye puertos, carreteras y redes; financia proyectos que Estados Unidos abandonó o condicionó. Rusia, ofrece respaldo político y militar a gobiernos aislados por la Casa Blanca. ¿La respuesta? Militarización, acuerdos de seguridad, amenazas veladas y presión diplomática.
Con democracias castigadas y regímenes autoritarios tolerados; demostrando que da lo mismo democracia o dictadura, siempre que preserven esos intereses. Nunca fue un proyecto de integración, sino un mecanismo de control absoluto. Pero ya la correlación de fuerzas cambió y aunque Los Estados Unidos es la principal potencia militar, no controla en solitario el tablero regional, donde estos países pueden negociar, diversificar y decidir con mayor ventaja.
Pero eso solo es posible si logran unificarse y abandonar el servilismo de élites locales que actúan como intermediarias del poder extranjero, porque sin unidad regional, la Doctrina Monroe seguirá imponiéndose en el siglo XXI con todas sus consecuencias, como la mentalidad que decide qué alianzas son legítimas y cuáles no, empleando un colonialismo que sólo cambia la forma, pero los métodos son los mismos.
Mientras acepten tutelaje disfrazado de protección, esta no dejará de gravitar en sus determinaciones, la misma causa por lo que USA abandonó el colonialismo europeo, estableciendo que cualquier intervención de potencias europeas en los asuntos de Estados americanos sería considerada hostil hacia Estados Unidos que, a su vez, se comprometía a no interferir en asuntos europeos, ni en sus colonias existentes, delimitando así una esfera de influencia exclusiva, porque en 1823 carecía del poder militar o económico para imponerse unilateralmente. Europa la acogió, porque Gran Bretaña coincidía en limitar la intervención continental europea, pero no porque el poderío estadounidense pudiese forzarla.
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