El tercer ojo de la medicina, auditoría ético-técnica para rescatar la dignidad del paciente

Por Miguel Santos
En los pasillos de hospitales y clínicas de la República Dominicana circula una figura que despierta sentimientos encontrados. Para algunos médicos es motivo de recelo; para otros, un simple trámite administrativo. Se trata del auditor médico, personaje frecuentemente reducido a la caricatura del “policía de las ARS”, dedicado —según la percepción popular— a negar coberturas, cuestionar facturas y producir glosas.
Esta visión, además de injusta, es peligrosa.
La auditoría médica no nació para castigar ni para ahorrar dinero a costa del paciente. En su esencia más profunda, es el mecanismo ético y técnico que permite vigilar que la ciencia no atropelle a la humanidad, que la técnica no se imponga sobre la dignidad y que el acto médico conserve su sentido moral.
Auditar no es desconfiar del médico. Auditar es hacerse responsable del cuidado.
Existe un pecado silencioso en buena parte de nuestra práctica sanitaria: el menosprecio del expediente clínico.
A pesar de que las normativas y reglamentos son claros, en la práctica cotidiana abundan historias incompletas, notas ilegibles, decisiones no justificadas y evoluciones ausentes.
El expediente clínico no es un requisito administrativo: es la biografía médica del paciente. Lo que no se documenta, sencillamente no existe. Y cuando una intervención se realiza, pero no se registra, la atención queda en riesgo. Un expediente incompleto convierte al enfermo en un objeto de facturación, no en una persona con historia, contexto y continuidad asistencial.
Aquí la auditoría cumple una función esencial: custodiar la memoria del paciente. Exigir fechas, firmas, justificación clínica y claridad no es burocracia; es afirmar que esa vida importa y merece ser narrada con respeto.
La medicina contemporánea tiene una capacidad técnica extraordinaria. Podemos prolongar funciones biológicas más allá de lo razonable desde el punto de vista humano. En las unidades de cuidados intensivos, este dilema se manifiesta con crudeza.
Un paciente terminal, con falla multiorgánica avanzada, puede ser sostenido con ventiladores, diálisis y aminas vasoactivas durante semanas. La técnica funciona. La facturación también. Pero surge la pregunta incómoda: ¿y la ética?
La auditoría de calidad no busca ahorrar recursos; busca evitar el ensañamiento terapéutico.
Pregunta lo que muchas veces nadie se atreve a preguntar:
¿Es pertinente esta admisión a UCI?
¿Se ha informado con honestidad a la familia?
¿Estamos prolongando la vida o extendiendo la agonía?
En ese punto, el auditor se convierte en defensor del derecho a morir con dignidad, recordándonos que no todo lo técnicamente posible es humanamente correcto.
En un país con limitaciones estructurales como el nuestro, la mala gestión no es solo ineficiencia: es inmoralidad. Indicar estudios innecesarios, usar antibióticos de última línea sin justificación o practicar medicina defensiva agota recursos que deben beneficiar a todos.
Muchas glosas en el sistema dominicano no se producen por falta de cobertura, sino por falta de justificación clínica documentada. No es culpa del auditor; es una falla de comunicación médica que termina perjudicando al propio profesional.
Cuando ocurre un evento adverso evitable, la dignidad del paciente se rompe de forma irreparable. Infecciones intrahospitalarias, errores quirúrgicos o reacciones adversas por omisión de datos clínicos no son accidentes inevitables: muchas veces son fallas de proceso.
La auditoría concurrente —la que se realiza mientras el paciente está siendo atendido— puede salvar vidas. Verificar protocolos, confirmar indicaciones, cuestionar a tiempo una prescripción riesgosa convierte al auditor en previsor de tragedias, no en juez posterior.
Por eso, el auditor no debe permanecer encerrado entre facturas. Su lugar también está en el pase de visita, formulando preguntas incómodas pero necesarias:
“Doctor, ¿verificamos la función renal antes de este contraste?” Esa simple intervención puede evitar una nefropatía, una demanda legal y un daño irreversible.
Las demandas por mala práctica aumentan. Los pacientes están más informados y el sistema judicial más activo. Frente a esto, el mejor abogado del médico no es el que se contrata tras la demanda, sino una auditoría interna sólida y un expediente bien construido.
La auditoría protege la Lex Artis. Cuando exige consentimiento informado o documentación adecuada, no ataca al médico: lo protege de su propia omisión.
El auditor también corre riesgos. Puede deshumanizarse y convertirse en un autómata de glosas.
Para evitarlo, necesita tres cualidades fundamentales: competencia técnica, solvencia ética y capacidad pedagógica. Auditar no es solo señalar; es enseñar y acompañar.
La formación en bioética resulta indispensable. Conocer principios como beneficencia, no maleficencia, justicia y autonomía no es un lujo académico, sino una necesidad práctica.
La auditoría médica se sitúa entre la técnica y la ética, como un tercer ojo que observa no para castigar, sino para proteger, se convierte en la intuición que sabe lo que puede venir.
A los médicos dominicanos, la invitación es clara: dejemos de ver al auditor como enemigo. Es un aliado para mejorar la práctica, reducir riesgos legales y, sobre todo, honrar la confianza del paciente vulnerable.
Auditar es proteger, examinar es respetar y documentar es dignificar.
La próxima vez que tenga un expediente en sus manos, recuerde: no está escribiendo para una ARS, está redactando el futuro de una persona. Y el auditor estará allí, no para juzgarle, sino para ayudar a que ese futuro se escriba con dignidad, ética y excelencia.



